Una persona ansiosa intenta tranquilizarse

Te cuento el final: nada funciona (hasta que dejas de intentarlo).

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Al ano siguiente de dejar de beber, me enamore de mi vecino. Yo tenia 27 anos, trabajaba como redactora publicitaria y vivia en un estudio en la calle Gay del West Village en el que cabia mi cama California King y casi nada mas. El vivia al otro lado de la calle en un departamento mas grande que tenia una hermosa luz matinal, pero sufria una infestacion de ratones.

Una tarde me encontro sentada en su escalera fumando un cigarrillo y se sento al lado, con el aspecto de un Paul Newman joven.

Hablamos durante un buen rato y me entere de que era dueno de un restaurante local y que habia terminado recientemente con su novia. Finalmente, subimos a su departamento, donde nos besamos hasta sentir que en toda la ciudad solo quedabamos despiertos nosotros y los ratones de sus paredes.

Cuando me acompano de vuelta a mi edificio, era mas de medianoche, y yo ya habia decidido que nuestra boda debia ser ahi mismo, en la calle Gay. Estaba calculando que tipo de permisos municipales requeriria cuando me puso una mano en el hombro.

“Me gustas mucho”, dijo. “Pero el restaurante me mantiene bastante ocupado, y quiero dejar claro que no estoy buscando una relacion en este momento”.

Lo mire bajo el resplandor amarillo de la luz de la calle e hice lo que tantos solteros esperanzados han hecho antes que yo: dije una mentira, deseando que fuera verdad. “Yo tampoco busco nada serio”, respondi.

Su rostro se suavizo. “Eso es estupendo. Entonces, ?podemos tener algo relajado?”.

Sonrei. “Soy una persona muy relajada. Ya veras”.

El no lo veria. Lo que siguio fue un tira y afloja de dos anos. El no podia comprometerse y yo no podia aceptarlo. Probe todas las herramientas de mi arsenal para conseguir que fuera mi novio: fui encantadora, lo seduje, lo engatuse, negocie y me enfureci. Al final, nada pudo cambiar el hecho de que no queriamos lo mismo.

Sin embargo, en lugar de liberarnos de esta incompatibilidad, pareciamos atados a ella. Cada vez que decidiamos dejar de vernos, uno de nosotros acababa dejando la luz encendida toda la noche, sabiendo que el otro la veria desde la calle de abajo y enviaria un mensaje para subir, reiniciando el ciclo.

Fue mi primera experiencia de enamoramiento estando sobria y, aunque entonces no lo sabia, estaba repitiendo un patron familiar. Creci buscando el amor de mi padre, un hombre que, al igual que mi vecino, podia ser carinoso o estar ausente dependiendo del dia.

Ahora perseguia a mi vecino con el mismo fervor. Cuanto mas espacio queria el, mas cerca anhelaba estar yo. Fingia no tener necesidades y luego me sentia angustiada cuando el no las satisfacia. Me drogaba con su atencion y luego me desplomaba cuando se distanciaba.

Mas tarde me enteraria de que esta dinamica se denomina relacion “ansioso-evitativa”. En ese momento, solo sabia que me dolia. Y, por primera vez en mi vida adulta, no tenia alcohol para aletargarme.

Asi que me fui a un ashram al norte del estado y rece para que la obsesion desapareciera. Cambie su nombre en mi telefono por “prosecco” para recordar la resaca emocional que sentia despues de verlo. Fui a un grupo de meditacion semanal dirigido por un maestro budista con mas de una decada de sobriedad que me introdujo en la teoria del apego y, a riesgo de parecer dramatica, cambio mi vida para siempre.

Me enseno que las personas ansiosas y evitativas suelen conectar rapida y poderosamente, pero sus relaciones son un reto en el mejor de los casos y, en el peor de estos, estan condenadas al fracaso.

“Necesitas estar con alguien seguro”, dijo.

“Querras decir aburrido”.

Sonrio. “La seguridad no es aburrida. Ya lo veras”.

Al final, lo que me aburrio fue obsesionarme con mi vecino, intentar salir a cenar con alguien que cree que hacer reservaciones es “limitante” y ver como mis amigos dejaban de prestarme atencion cada vez que me quejaba, por enesima vez, de que me hubiera cancelado una cita.

Deje de mantener la luz encendida toda la noche, comence a dormir bien, encontre un terapeuta y me abri a la posibilidad de conocer a otra persona.

Esa otra persona fue Henry, el amigo de un amigo que conoci en la proyeccion de una pelicula. Tenia pecas por toda la cara y una gran sonrisa sin complejos. Era britanico, como yo, pero las similitudes terminaban ahi. Estaba obsesionado con estar al aire libre, le encantaba cocinar y era un bebedor moderado.

Por el contrario, yo consideraba que una excursion a Central Park era senderismo, compraba mis comidas (sushi, madalenas, fruta precortada) en una tienda de productos gourmet y no era moderada en nada.

Me gusto al instante, pero no fantasee con casarme con el.

En una de nuestras primeras citas, Henry hizo reservaciones en tres restaurantes y me dejo elegir a cual ir. En otra, vimos un documental sobre los males de la cria de salmon. En los meses siguientes, quedamos de vernos una o dos veces por semana para comer, ir al teatro o ver una exposicion. No habia que esperarlo hasta tarde ni tenia que preguntarme si me dejaria plantada o no.

Estaba acostumbrada a empaparme de una persona como si bebiera todo un vaso de un trago, pero con Henry, me lo tome a sorbos. Me sorprendio con sus habilidades de malabarista (le habian ensenado eso de nino para ayudarle con su dislexia) y me hablo de su papel de pacificador entre su hermano mayor y su hermana menor. Mas tarde, me hablo de su amigo que murio atropellado durante su primer ano de universidad, de la conmocion y el dolor que le causo.

Cada cosa nueva de la que me enteraba me parecia preciosa.

Sin embargo, no me sentia segura. ?Donde estaba la electricidad? ?La emocion? Pensaba que enamorarse de alguien debia ser como tener un orgasmo y un ataque al corazon a la vez.

“?No deberia ser mas dificil que esto?”, le pregunte a mi terapeuta.

“En la vida real, se permite que las cosas buenas sean faciles”, dijo. “Confia en ello”.

A los pocos meses de vernos, le regale a Henry un libro de datos ilustrados sobre animales, esperando que lo apreciara como un gesto considerado aunque no especialmente digno de mencion.

“Es el mejor regalo de la historia”, me dijo.

Sentado con las piernas cruzadas en mi cama californiana, repaso el libro pagina por pagina, repitiendo maravillosamente los mejores datos en voz alta: “!Los colibries baten las alas hasta 200 veces por segundo!”.

Henry no necesitaba que las cosas fueran dramaticas para sentirse vivo porque prestaba atencion a los pequenos detalles que hacen que la vida se sienta milagrosa. Tanto su capacidad de disfrutar como su capacidad de asombro, al parecer ilimitada, fueron de las primeras cosas que me fascinaron de el. Pero en aquel momento no lo sabia.

Mis anteriores experiencias de enamoramiento habian sido como si me metieran en un barril y me lanzaran por una cascada, una caida a ciegas, tan euforica como aterradora. Enamorarme de Henry fue como transportarme por un rio tranquilo hasta el mar.

No todo estaba libre de conflicto, por supuesto. Al fin y al cabo, yo seguia siendo yo, seguia estando ansiosa.

Durante los primeros meses, cada manana que Henry salia de mi departamento para volver a su casa, me levantaba de la cama e insistia en caminar con el la cuadra que tomaba llegar al metro. Su partida despertaba en mi un panico difuso que desencadenaba aquel miedo infantil al abandono, a que el amor saliera por la ventana. Por supuesto, nunca se lo habia confesado a nadie con quien salia.

Hasta que un dia Henry se volvio hacia mi en la entrada del metro, me dedico una sonrisa divertida y me dijo: “?Por que siempre quieres acompanarme? Intuyo que es importante para ti, pero no se por que”.

Mi primer instinto fue decir una mentira, deseando que fuera verdad. En lugar de eso, respire profundamente. “La verdad es que siento mucha ansiedad cuando nos separamos”. Me pase una mano por el pecho. “Creo que tengo miedo de que no vuelvas”.

Henry me lanzo una larga mirada y mi corazon se desplomo. Espere a que se lanzara de cabeza por las escaleras del metro, alejandose de mi. “Ya veo”, dijo, tomando mi mano. “?Te haria sentir menos ansiosa si damos la vuelta a la cuadra juntos una vez mas?”.

Podria haberme reido de alivio. Podria haberme cubierto los ojos con las manos y haber llorado como una nina. Pero me contuve y asenti.

Caminamos una vez mas alrededor de la cuadra y luego el se subio al metro y yo segui con mi dia. Un ano despues, nos fuimos a vivir juntos. Seis meses mas tarde, nos casamos. Hoy vivimos en una casa en Los Angeles con un pequeno jardin donde los colibries con frecuencia nos visitan.

“!Hasta 200 aleteos por segundo!”, a Henry le gusta recordarmelo. “?No es extraordinario?”.

Lo es.

Coco Mellors es una escritora que vive en Los Angeles. Su primera novela, Cleopatra and Frankenstein, se publicara en febrero de 2022.

Coco Mellors is a writer who lives in Los Angeles. Her first novel, “Cleopatra and Frankenstein,” will be published in February 2022.

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